Colombia es un país que se inspira en los modelos de grandes referentes internacionales en aseguramiento. 25 años de historia, desde la instauración de la Ley 100, en la búsqueda de estructurar el más óptimo Sistema General de Riesgos Laborales (SGRL), nos permiten evidenciar qué ha sido lo bueno que este ha traído para la sociedad, teniendo claro que –obviamente- tiene algunos aspectos por mejorar. Quienes tenemos el privilegio de trabajar en este campo hemos podido percibir los avances del país y los aportes que ha traído este sistema al desarrollo humano y al desarrollo económico de nuestra nación. También, cómo el trabajo dedicado, de los diferentes actores partícipes en la gestión de los riesgos laborales, tiene cada vez más sentido; y que construir un mundo del trabajo sin accidentes ni enfermedades laborales es un objetivo viable y realizable.
Uno de los principales aportes del sistema estructurado por la Ley 100 es que empoderó a las empresas en la construcción de ambientes de trabajo seguros y saludables como un colectivo pensante, en la búsqueda del bienestar, proponiendo cosas nuevas, trayendo ideas, generando aprendizajes, buscando tecnologías y referentes mundiales. Estableció la participación activa de múltiples actores en la búsqueda de un objetivo común.
El Ser Humano como centro del sistema…
El ser humano debe ser el gran beneficiado de las estrategias que estructura un Sistema General de Riesgos Laborales. En el caso del colombiano es importante destacar que cumple con los tres aspectos estipulados en el Sistema de Garantía de la Calidad: (1) Que sea sostenible y sustentable, (2) que esté centrado en el mejoramiento de la calidad de vida de las personas y (3) que tenga un carácter sistémico. Es decir, que sea funcional, interconectado y sinérgico (hoy el país le apuesta a la implementación de un Sistema de Gestión de Seguridad y Salud en el Trabajo SGSST, que sea entendido como un medio y no como un fin; y con los lineamientos técnicos y estructurales de la OIT). En nuestro país se empieza a vislumbrar la comprensión del sistema como una herramienta para la gestión del bienestar y de la competitividad sostenibles.
Algunas Cifras que sustentan los Avances Técnicos…
En nuestro país, a finales del año anterior, 6 de cada 100 trabajadores afiliados al SGRL sufrieron un accidente como consecuencia de su trabajo, cifra que continúa disminuyendo desde el año 2012 cuando las personas accidentadas en su ámbito laboral fueron 8 por cada 100; considerando que la masa de afiliados crece aceleradamente (ha crecido un 21.4% en este lapso).
En lo referente a enfermedad, también hemos logrado, como nación, avances significativos. En 2010, ciento treinta personas (por cada 100.000) sufrieron una enfermedad de origen laboral mientras que al cierre del año anterior la cifra cerró en 95; una disminución porcentual del 26% que demuestra que las iniciativas adelantadas vienen surtiendo efecto en este camino de lograr una concientización sobre el autocuidado que transcienda los diferentes ámbitos de la vida, en toda la población trabajadora.
Otro avance técnico que argumenta la optimista mirada de nuestro sistema es la tasa de mortalidad. Lamentablemente 5 personas, por cada 100.000 afiliados a alguna de las ARL del país, perdieron la vida el año anterior como consecuencia de su trabajo. Sin embargo, esta cifra era de 10 trabajadores por cada 100.000 afiliados en el año 2010. Esto se traduce en que seguimos avanzando en nuestra misión de salvar vidas y de mantener familias y equipos de trabajo con todos sus miembros, los cuales luchan todos los días por hacer de Colombia más competitiva y sostenible; y por ende un mejor lugar para vivir.
Nuevas formas de trabajar…
La evolución de las formas de trabajo facilita la comprensión de aspectos que se presentan en cada momento histórico respecto a las condiciones de Seguridad y Salud en el Trabajo. En la era agrícola, por ejemplo, la gestión de riesgos estaba focalizada en la tierra (necesidad de abundante mano de obra, esfuerzo físico y no necesariamente alta inversión de capital).
En la era Industrial, las máquinas eran las protagonistas (máquinas elaboradas por personas para sustituir el trabajo de las personas), existió una disminución significativa de la necesidad de mano de obra, pero aumentó la presencia de alta inversión para realizar los cambios tecnológicos a los que hubiese lugar. En tal momento, la tierra dejó de ser el eje de la gestión.
En la era del conocimiento, el valor de los activos intangibles tuvo un considerable aumento, siendo estos nuevos activos los que ayudaron a descubrir nuevos mercados, introducir nuevos productos y movilizar el desarrollo de las competencias de los trabajadores. En esta era la Internet y la tecnología fueron preponderantes.
Hoy se habla de una cuarta revolución, marcada por la convergencia de tecnologías digitales, físicas y biológicas, que anticipa que el mundo cambiará incluso más rápido que lo que se ha transformado en los últimos diez años.
Un reto evidente…
Existen paradigmas que “anuncian” que los avances tecnológicos como la inteligencia artificial contribuyen a que el número de trabajadores disminuya y las personas sean sustituidas por máquinas. Sin embargo, el análisis de tendencias permite visualizar que los “trabajos del futuro” están colmados de oportunidades para los trabajadores, en la medida que están encaminados a potenciar el desarrollo de las dimensiones del ser humano y que están demostrando una dinamización y flexibilización de las industrias que generarán en las personas unas habilidades de interacción social, de interacción emocional, de pensamiento crítico, de mayor creatividad y que aumentarán su capacidad de toma de decisiones.
Este es el momento de consolidar estrategias alrededor del cuidado del Talento Humano, de la potencialización de las capacidades básicas, internas y combinadas de nuestros trabajadores, de desarrollar entre nuestros equipos de trabajo dimensiones y capacidades que les permitan afrontar la Seguridad y Salud en el Trabajo, más allá de un mero cumplimiento normativo, como una estrategia de generación de valor dentro de las empresas. Es el momento de devolver a las personas la encomienda de volver al propósito, de recuperar el sentido de “SER” para que a través de sus diferentes dinámicas productivas ayuden a articular innovaciones que se traduzcan en industrias más competitivas, sociedades cada vez más humanas y sostenibles; y en la construcción de una globalización más justa.
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