La vida suele dar muchas vueltas. Hoy estamos bien y parece que todo nos sonríe: tenemos familia, trabajo estable, hijos saludables y buena salud. ¿Qué más podríamos pedir? Entonces es cuando olvidamos que existe un Dios en los cielos que lo ve todo.
Y empezamos a tomar malas decisiones… salidas con otra u otro personaje que no es nuestra pareja de juventud, pensando que la vida de soltero es como ganarse la lotería. Pero, sorpresa: por aventuras pasajeras y salidas nocturnas clandestinas, perdimos la estabilidad de la familia y comenzamos a divagar en el “mundo de la soltería”, donde la vida se vuelve solitaria y vacía. Entramos al mundo del “Tinder-Temu”, donde hay mucho por escoger y todo está en oferta: barato y malo.
Después de experimentar el mundo “Tinder-Temu”, te das cuenta de que perdiste el mayor tesoro que tenías en la vida: la familia. Una vez perdida, no hay vuelta atrás. Ya arruinaste una parte fundamental de tu vida y perdiste al amor de tu juventud, quien luchó contigo para hacer de ti la persona exitosa que un día fuiste.
Cuando empiezas a perder tu familia, en el ciclo de la vida sigue la segunda pérdida por malas decisiones: tu trabajo, tu dinero y tus sueños. El trabajo empezó en decadencia cuando le diste más prioridad a la diversión que a la obligación, y el dinero se fue en aventuras amorosas que aparecieron en el camino hacia la pérdida de tu familia. Un día despiertas con deudas y sin amigos, porque ya no hay nada que brindarles. Pasaste de un restaurante de lujo a un restaurante de corrientazo y, aun así, no te has dado cuenta de que empezaste a tocar fondo.
La tercera pérdida son los hijos. Te das cuenta de que crecieron y tienen su propia vida, y lo que menos piensan es en ti. Si no construiste una base financiera sólida en tus días de juventud, ellos jamás te sostendrán en tu vejez. Y un día despiertas y comprendes que ya no están.
La cuarta pérdida es la que te avisa que definitivamente tomaste malas decisiones: cuando los huesos te duelen, cuando ya no quieres ni puedes salir de casa, cuando los ojos cansados no pueden leer sin lentes y cuando los pies avanzan lentamente cada mañana hacia un médico de la EPS que te dio una cita hace seis meses… y ya vas por otra cosa, porque aquello que te dolía hace seis meses se convirtió en un problema aún más grave.
¿Te identificas? La vida te ha enseñado, a través del dolor, que agradecer día a día lo que tienes es parte de las buenas decisiones. Entonces llega la maestría: aquella que te formó a través de los errores que cometiste. Y tal vez ahora sí volteas a mirar a Dios; ahora sí reconoces que, si le hubieras dado el primer lugar en tu vida, la maestría de la vida habría sido de bendición y paz.
Pero te tengo buenas noticias: Dios me ha enviado a traer esperanza para ti. No es tarde. Aún puedes mirar al cielo y reconocer que, si tuviste y tienes algo en esta vida, es por Él. Un verdadero arrepentimiento hace que ese Padre amoroso salga a tu encuentro, te dé la bienvenida a su reino y escriba tu nombre en el libro de la vida.
“No temas”, dice Dios. Regresa a Él. Está a solo una oración de distancia, una oración que puedes hacer ahora mismo si estás leyendo este texto.
“Busca primero el reino de Dios y lo demás será añadido”.
Tu historia no termina aquí. Es hora de tomar buenas decisiones y empezar de nuevo. Te espera un nuevo comienzo con Dios, donde lo material deja de ser lo más importante, porque cuando tienes un verdadero encuentro con Él, encuentras el verdadero sentido de la vida. Y descubrirás que la maestría celestial te llevará a un nuevo nivel.










