Cuando el ejercicio profesional se ha desarrollado durante toda la vida productiva en el sector financiero y de servicios de la economía, términos que se refieren a entidades que no forman parte de la economía solidaria, el iniciar una responsabilidad profesional en una entidad de este último sector, conlleva diversos descubrimientos.
Uno de los primeros, y me refiero a mi caso particular, es conocer la magnitud del sector solidario en países especialmente desarrollados como son los casos de Canadá y Alemania, donde un interesante porcentaje de la actividad de ahorro y crédito, es desarrollada a través de este tipo de organizaciones.
También resulta sorprendente el aproximarse a las cifras propias del sector solidario y particularmente del sector cooperativo a nivel nacional, reflejado en temas tales como número de entidades, actividades que desarrollan y particularmente el número de asociados y el indicador del impacto a nivel de familias.
“los Asociados y sus Administradores deber ser consecuentes y coherentes entre el discurso y la actuación, en aras de consolidar un sector económico con las más desafiantes oportunidades”
Cuando se ingresa a este tipo de entidades, sin tener conocimiento de su estructura organizativa propia, se impone la responsabilidad de conocer con profundidad los pilares de la misma, y es allí cuando se hace el recorrido en su historia, su evolución y sus principios y, dentro de éstos, el control democrático de los miembros, que implica que los asociados sean participativos en la orientación de la entidad, tomando decisiones bajo un esquema que desecha el concepto de la primacía del capital sobre la persona, que se describe con la expresión. “un asociado un voto”.
La esencia y pretensión de este principio cooperativo haría suponer que se acompase, ajuste y sincronice sin traumatismo alguno con los fundamentos de lo que hace relativamente poco tiempo ha venido imponiéndose como referente necesario en las entidades mercantiles, como lo es el buen gobierno.
Sin embargo, cuando se enfrenta la realidad se evidencia que, de manera casi inexplicable, no sucede lo antes descrito. Cuando debería existir una perfecta sincronía entre los órganos de administración y vigilancia en la cooperativa, que supuestamente han sido conformados como expresión de la voluntad de los asociados, realmente se evidencian situaciones absolutamente deplorables y que se han materializado en desviaciones en el ejercicio del poder, materializadas en malas prácticas de gobernabilidad, que pueden resumirse en la confusión de funciones, abuso de las mismas y la pérdida de la brújula cuyo norte ya no se orienta hacia la satisfacción de las necesidades de los asociados, sino que, infortunadamente y de manera injustificable, se privilegian intereses personales y se dilapidan los recursos que merecían un destino de beneficio colectivo, en programas y actividades que incluso llegan hasta la ostentación.
Lo más sorprendente en este panorama, es a mi modo de ver, la patética indiferencia del principal grupo de interés de cualquier cooperativa, de los asociados, quienes en proporciones alarmantes se abstienen de participar en los procesos democráticos, o se apartan de los principios medulares, como es la participación vía aporte social en la conformación patrimonial de la entidad, indiferencia que, al menos parcialmente, es producto de una eventualmente deliberada desinformación; todo lo que se constituye en un caldo de cultivo ideal para quienes se perpetúan en los cargos que ejercen la gestión de la Cooperativa.
Aparece entonces, el mayor vicio en estas entidades: la incoherencia entre el discurso propio (interesante, valioso y necesario en las actuales circunstancias de la sociedad) de la filosofía cooperativa con el actuar de quienes son los primeros llamados a difundirlo no sólo a través de arengas sino especialmente por conducto del ejercicio transparente de la gestión encomendada como resultado de un proceso que ha debido surtirse a partir de los propios asociados, dueños y destinatarios de los servicios.
Se agrava lo anterior con la poca o a veces inexistente formación de los administradores en temas propios de la gestión financiera, de lo que son elementos esenciales en el manejo de los recursos del público, que hacen referencia a la regulación prudencial, a la administración de riesgos y al control interno.
Varios son los elementos que resultan especialmente deplorables en esta situación, que me permito describir a continuación, con la mayor capacidad de síntesis posible:
- El menoscabo de la reputación de este tipo de entidades que constituye el activo intangible más importante en la gestión de las entidades que recaudan el ahorro del público.
- La consecuente pérdida de posibilidades infinitas para formalizar la actividad financiera de las personas quienes, a pesar de los programas de bancarización promovidos desde el alto gobierno desde hace algunos años, siguen siendo rechazados por el sector financiero tradicional.
- La inexistencia de una red fuerte de entidades cooperativas que les permita utilizar esquemas de economías de escala para beneficiar a quienes se encuentran afiliados a las entidades de naturaleza cooperativa, situación ésta que puede evidenciar que tampoco se está cumpliendo con el principio de la integración.
Como conclusión puedo afirmar de toda la experiencia hasta ahora recaudada, el sector cooperativo es especialmente retador, tiene unos pilares que deberían ajustarse con especial naturalidad con las orientaciones del buen gobierno dada su sincronía, y no creo equivocarme al afirmar que los principios cooperativos constituyen un antecedente singular de lo que ahora ha tomado tanta actualidad e importancia como la adecuada gobernanza de las instituciones, especialmente de las financieras y que hay mucho camino por recorrer para lograr la consciencia entre los diversos protagonistas del sector, de las posibilidades y oportunidades que este representa, especialmente para los grupos de la población que siguen siendo desatendidos por el sector financiero tradicional.
Estas líneas son simplemente un llamado a que los asociados y sus Administradores sean consecuentes y coherentes entre el discurso y la actuación, en aras de consolidar un sector económico en el que veo las mejores y más desafiantes oportunidades.










