La pandemia de COVID-19 afectó gravemente al sector educativo, y sus efectos negativos continuarán sintiéndose durante los próximos meses, o quizás, años. El principal daño ha sido en niños y jóvenes, que súbitamente perdieron el ritmo de aprendizaje —particularmente en los sectores más pobres— o han recibido una instrucción de baja calidad. A la par, los docentes tuvieron que acomodarse muy rápido a nuevas modalidades de enseñanza, a través de las clases remotas con apoyo de tecnologías: esto significó un salto para el que muchos maestros no estaban preparados y, consecuentemente, más trabajo en condiciones difíciles.
Para muchas familias, el confinamiento significó reacomodar el estilo de vida, al tener que compartir pequeños espacios durante meses con niños o adolescentes estresados, ansiosos y, a veces, deprimidos. Los gobiernos —desde el nacional hasta los locales— han visto derrumbarse sus planes a un alto costo financiero, y no han podido recomendar una ruta clara sobre el regreso a las aulas. Finalmente, las instituciones educativas de todos los niveles han visto seriamente afectadas la continuidad y la calidad de su quehacer.
En el plano económico, las instituciones oficiales han podido mantenerse relativamente incólumes gracias a que dependen de presupuestos públicos, pero no ha sido lo mismo para las privadas que, al igual que muchas empresas de bienes y servicios, han visto disminuidos sus presupuestos hasta en un 50 %, pues estos dependen de matrículas que cayeron abruptamente a partir del segundo semestre del año pasado.
El impacto de la pandemia ha sido desastroso para la educación, particularmente en los países de desarrollo medio y bajo —como el nuestro— y en los sectores más pobres. Pero como “no hay mal que por bien no venga”, también ha obligado a muchas reflexiones y aprendizajes, los cuales posiblemente transformarán la educación.
La primera reflexión es sobre la baja calidad de nuestra educación básica, que nos pone abajo en los rankings internacionales (por ejemplo, en las pruebas PISA). También estamos abajo en la escala de competitividad laboral, debido a la pésima calidad del aprendizaje en todos los niveles, desde luego con excepciones que significan brechas entre niños y jóvenes pudientes y pobres. Pueda ser que, pasada la pandemia, el país retome el rumbo hacia una educación de mejor calidad, mediante la formación de maestros y la adopción de mejores estándares de aprendizaje.
Otra lección que deja la pandemia es la necesidad de adoptar las TIC y así avanzar en la educación en línea (ya sea 100 % o híbrida), cambio que implica capacitar a miles de docentes —y a los mismos estudiantes— para desempeñarse en estas nuevas modalidades educativas con resultados satisfactorios.
Es probable que los planes de estudio se transformen, con mayor énfasis en matemáticas, ciencias, computación, lenguas y comprensión de lectura. La oferta de nuevos programas universitarios deberá acomodarse a las futuras demandas sociales. Nos movemos hacia un aprendizaje autónomo y a lo largo de la vida.
Las instituciones educativas desarrollarán nuevos modelos de gestión y de servicio: su centro serán los estudiantes, quienes se beneficiarán de una educación más flexible, ágil y personalizada; los programas universitarios serán más cortos y se complementarán con más opciones de posgrados. A lo largo de los ciclos educativos, el estudiante tendrá rutas y opciones que se adaptarán a sus preferencias y capacidades. Habrá más competencia por precios y calidad, trayendo, en el plazo medio, una reducción en el costo de la matrícula y, en el caso de lo público, la gratuidad.
El sistema educativo colombiano necesitaba un remezón. ¡Y llegó! Ojalá lo aprovechemos.










