Lo confieso: cuando la inteligencia artificial irrumpió con fuerza en nuestras conversaciones académicas y cotidianas, sentí más preguntas que certezas. ¿Qué papel jugará el profesor en este nuevo escenario? ¿Cómo se transformarán nuestras prácticas de enseñanza? ¿Estaremos preparados, como universidad, para liderar un cambio que ya no espera?
Pero también comprendí algo fundamental: la educación no puede ser espectadora pasiva del cambio. Debe ser protagonista. No basta con adaptarse a la IA, hay que guiar su incorporación con sentido ético, académico y profundamente humano.
En la Universidad Escuela Colombiana de Ingeniería Julio Garavito, donde tengo el honor de ser rectora, venimos reflexionando con nuestra comunidad sobre cómo hacer de la inteligencia artificial una aliada para el aprendizaje, y no una amenaza para el rol del maestro. Estamos convencidos de que esta herramienta, lejos de deshumanizar la educación, puede ayudarnos a personalizarla, a reconocer la singularidad de cada estudiante y a fortalecer el vínculo entre enseñar y formar.
Un momento que me marcó profundamente fue el reciente encuentro de profesores del primer semestre de 2025. Invitamos a una colega española con gran experiencia en el uso de inteligencia artificial en procesos de evaluación. Su intervención nos mostró cómo, gracias a herramientas de IA, es posible hacer diagnósticos más precisos sobre las competencias de los estudiantes, adaptar la enseñanza a sus estilos de aprendizaje y retroalimentar de forma más oportuna y significativa.
Escucharla fue revelador. Pero lo que más me conmovió fue ver cómo nuestros profesores dialogaban con esa experiencia: la interrogaban, la conectaban con sus propias prácticas. Entonces entendí que no se trata de importar soluciones, sino de construir respuestas propias a partir de lo que somos, lo que creemos y lo que soñamos como universidad.
Con frecuencia me preguntan si la IA va a reemplazar al docente. Mi respuesta es siempre la misma: ninguna máquina puede replicar la vocación, la mirada que alienta, la palabra que guía, la presencia que acompaña. Lo que sí puede hacer —y debemos aprovecharlo— es ayudarnos a liberar tiempo para lo esencial: estar más cerca del estudiante, comprender mejor sus procesos y acompañarlo en su formación no solo académica, sino también personal.
En nuestra universidad educamos ingenieros, matemáticos, economistas, administradores de empresas… pero, sobre todo, formamos personas. En ese proceso, la inteligencia artificial debe ser un medio, nunca un fin; una herramienta, no un destino; un potenciador de capacidades, no un sustituto de la reflexión ética.
El gran desafío hoy no es técnico, es profundamente humano. Mientras las máquinas aprenden a hacer lo que antes hacían las personas, nosotros debemos enseñarles a los estudiantes lo que ninguna máquina puede hacer: discernir, cuidar, colaborar, resistir la indiferencia, crear con sentido.
Por eso promovemos la formación en pensamiento crítico, el trabajo interdisciplinario, el liderazgo ético y la responsabilidad social: porque un profesional competente en inteligencia artificial debe, ante todo, ser un ciudadano consciente de su impacto en el mundo.
Desde hace varios años hemos impulsado en la Escuela programas en ciencia de datos, ciberseguridad e inteligencia artificial. Y aunque me enorgullece su rigor académico, lo que más valoro es el compromiso con el país que los inspira. Cada uno de estos programas nace de un diálogo entre las necesidades reales del entorno y la vocación formadora de la universidad.
Queremos que nuestros estudiantes no solo aprendan a programar algoritmos, sino que comprendan para qué, para quién, y con qué consecuencias lo hacen. No queremos expertos indiferentes, sino profesionales capaces de transformar realidades.
La IA nos exige tender puentes entre disciplinas, entre generaciones, entre sectores. Necesitamos conversaciones profundas entre humanistas y tecnólogos, entre maestros y estudiantes, entre la universidad y el país. Necesitamos inteligencia verdaderamente colectiva.
No se trata de resistirse a la transformación, sino de liderarla con propósito. No se trata de elegir entre lo nuevo y lo viejo, sino de conservar lo esencial mientras innovamos con criterio.
Escribo este artículo no como quien dicta una postura definitiva, sino como quien abre una conversación que apenas comienza. Porque cada día, en los pasillos de la Universidad, en nuestras aulas, en los laboratorios y en los espacios comunes, me convenzo más de que la educación es el mejor lugar para decidir qué tipo de sociedad queremos construir.
Que la inteligencia artificial nos sirva para multiplicar oportunidades, no para reducirlas. Que nos ayude a aprender más, pero también a ser mejores. Y que, al final del camino, podamos decir que supimos usar la tecnología para ponerla al servicio de la vida, de la equidad y del bien común.










