«Debemos buscar energías cada vez más limpias, las de menor impacto ambiental y mayor eficiencia.»
Este alborotado año nos ha dejado sacudidos y empolvados, queriendo meter lo que ha pasado en el cuarto de San Alejo y botar la llave en el cajón de las llaves olvidadas. Lo que me deja dando vueltas en la cabeza es, ¿Para que todo esto? ¿Qué teníamos que aprender de esta pesadilla recurrente que sin avisar se convirtió en nuestra realidad obligada?
Vinieron muchas euforias como la rampante creación de empresas biotecnológicas que en una semana aprendieron a fabricar, distribuir, vender y hasta exportar tapabocas. Los nuevos Warren Buffets que aprendieron en una noche a ser inversionistas de bolsa y tras un éxito temprano los teníamos dando consejos asertivos de cómo es el negocio. Y no hablemos de las criptomonedas porque no es tópico de estas líneas, pero que nos han dejado no sé si sacudidos y empolvados, pero definitivamente pensando: ¿y ahora qué?
Mucho de esta euforia se vivió en el mundo mágico de la Energía. Al guardar los carros y aterrizar los aviones mientras mirábamos por la ventana con angustia cómo se paraba el mundo, sentimos una rara euforia porque ya no necesitábamos esos combustibles perversos que aunque nunca los hemos aprobado, una semana antes los usábamos sin reparo. Una vez más, que parte es euforia y que parte es lo que de verdad debemos hacer hacia adelante. ¿Y ahora qué?
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Definitivamente debemos buscar energías cada vez más limpias, las de menor impacto ambiental y mayor eficiencia. Capturar el carbono que podamos y compensar el que no podamos. Esto es más fácil decirlo que hacerlo, porque es una travesía larga, compuesta de múltiples rutas que deben ir en paralelo y requiere el compromiso y entendimiento de todos nosotros.
Cada país vivirá también una travesía diferente. Colombia tiene un consumo de 132 toneladas de leña por cada mil habitantes y 1.710 poblados que todavía alumbran con vela, es decir, no tienen ningún tipo de energía en sus casas, sea renovable o no. Podríamos empezar por reconocer que combustibles como el Gas Natural que tiene 50% menos emisiones que el carbón, son un muy buen paso de transición. Derivados como el GLP, pueden reemplazar de una manera mucho más eficiente y segura el querosene, que es lo único que tienen hoy para cocinar muchos hogares apartados en nuestro país.
No es sensato atacar fuentes de energía que han sido nuestras aliadas por muchos años y que por lo menos en Colombia, seguirán siendo necesarias por muchos años más para navegar esa transición tan deseada. Debemos entender el proceso, mejorar la generación y uso de estas; y reconocer que las energías renovables tampoco son perfectas y debemos optimizar su implementación. Tampoco es sensato criticar estas energías y no pensar en mi propia generación de carbono. En cuanto CO2 puedo ahorrar con cambiar mi dinámica de vida, o cuanto menos género al de verdad reciclar como sabemos que se debe hacer, pero pocos lo hacemos porque es engorroso.
Este debe ser un esfuerzo conjunto y sensato donde no atacamos por atacar lo que nos ha dado vida sino pensamos cómo hacerlo mejor. Pensemos que aprendimos de todo esto y después de las euforias, ¿Qué vamos a hacer diferente ahora que los aviones están despegando, nuestro carro vuelve raudo por las calles y el mundo empieza de nuevo a girar?
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