«Las economías fuertes parten de Estados fuertes y poderosos capaces de impulsar y proteger a su economía y a sus empresas.»
Más allá de las ideologías económicas, sabemos que la rentabilidad de los grandes negocios está soportada sobre las familias de ingresos bajos y medios. Las grandes compañías globales como Google, Microsoft y Facebook, así como en Colombia Ecopetrol, EPM, los grupos financieros e incluso los Fondos de Pensiones, obtienen más de un 80% de sus ingresos de este tipo de familias. Incluso las llamadas «multilatinas» colombianas como Suramericana, Nutresa ó Argos aún dependen en más de un 70% del mercado colombiano y en más de un 85% de países de ingresos medios y bajos. La idea de que las grandes empresas son independientes a las familias (o países) pobres, es una falacia.
De la misma manera es una falacia la dicotomía entre Estado y «Mercado». En primer lugar porque las grandes empresas en todo el mundo basan su estructura oligopólica en fuertes andamiajes regulatorios y fiscales que los protegen de la competencia nacional o extranjera. En segundo lugar porque buena parte de los ingresos e inversiones de estas compañías vienen directamente del Estado. Basta con estudiar la matriz de ingresos e inversiones de las grandes compañías de sectores como el financiero, inmobiliario, el de la construcción, de los seguros y de la salud para llegar inequívocamente a esta conclusión. Incluso los grandes ecosistemas y centros de innovación como el MIT en Cambridge ó el Silicon Valley en California han surgido y crecido gracias a cuantiosas inversiones de instituciones como el Departamento de Estado de EEUU, empresas estatales petroleras del Medio Oriente, y Gobiernos de varios países del mundo. El «libre mercado» solo existe en los libros de texto y en los negocios de subsistencia, y la idea de que el «Estado» sólo estorba a la empresa es tan irreal como el ratón de los dientes.
También es falsa la división entre «economía» y «ecología»: no existe empresa sobre el planeta que no use los derivados de la naturaleza para su producción: ¿o acaso Corona y Argos no necesitan de la tierra para producir su cerámica y su cemento?, ¿Nutresa, Nestlé y Starbucks no necesitan del cacao y del café?, ¿Intel y Apple no necesitan del silicio? ¿EPM no necesita del agua para producir su energía y prestar el servicio de acueducto y alcantarillado?
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También es falsa la división entre «sociedad» y «medio ambiente»: ¿o acaso los humanos no compartimos cadenas de ADN con los monos, los perros y los ratones? ¿No venimos de la misma cadena evolutiva de todos los seres vivos del planeta? ¿Acaso el calentamiento global y los desastres naturales no tienen ningún impacto sobre nosotros y nuestros negocios?
Debemos reconocer de una vez por todas que hacemos parte de un sólo sistema social: si las familias de ingresos bajos y medios aumentan sus ingresos totales, todas las empresas: las pequeñas y las grandes, van a vender más y van a crecer más. De la misma manera, las economías fuertes parten de Estados fuertes y poderosos capaces de impulsar y proteger a su economía y a sus empresas. Así mismo, hacemos parte de un único ecosistema: si destruimos el entorno que nos provee de las materias primas, los alimentos, el aire, el agua y los demás elementos de los que dependen nuestras empresas y nuestra vida, también nos estamos autodestruyendo.
Si bien pandemias como el COVID-19 pueden impulsar la competitividad a través de la transformación digital, disminuir la huella de carbono que provocamos los humanos sobre el planeta gracias al confinamiento, y aumentar la estabilidad de los sistemas de seguridad social y pensionales a través de la muerte masiva de las personas más pobres y vulnerables; ésta será una solución solo de corto plazo y contraproducente en el mediano plazo porque las personas que dejan de existir también dejan de producir, trabajar, consumir e innovar.
La solución definitiva a nuestros desequilibrios económicos, sociales y ambientales se encuentra en un sistema económico diferente. Uno que premie a aquellas personas y grupos de personas (empresas) cuya actividad genere más vida y más bienestar para todos los seres vivientes. Mientras el sistema económico esté soportado sobre la rentabilidad financiera individual y no sobre la generación de valor ecosistémico, nos dirigiremos inevitablemente a la autodestrucción.
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