«Los países miembros de la Unesco, entre ellos Chile, firmaron la primera recomendación global en donde se declara que el mundo necesita reglas para que la Inteligencia Artificial beneficie a la humanidad.»
La revolución mediática causada por el lanzamiento de ChatGPT, el bot conversacional capaz de generar respuestas de alta sofisticación, ha puesto en el debate los alcances de las herramientas de inteligencia artificial y la necesidad por establecer principios éticos en el desarrollo de la tecnología.
En solo unas pocas semanas, la plataforma lanzada por la empresa estadounidense Open AI acumuló millones de nuevos usuarios y en semanas tuvo a grupos de investigadores evaluando su alta capacidad de algoritmos. Increíble. ChatGPT superó un examen de MBA, derecho o medicina; escribió ensayos y artículos, e incluso ayudó a dirimir litigios legales. Surgieron así varios cuestionamientos, ¿qué pasará con la propiedad intelectual y los derechos de autor?, por ejemplo.
El impacto generado por la plataforma nos muestra el potencial de estas soluciones para influir en diversos dominios de nuestra vida cotidiana; también da cuenta de los profundos debates éticos respecto al rol de las tecnologías y sus usos en nuestra actual economía digital.
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En los últimos años, los estados y la comunidad científica han avanzado en el tema desde la perspectiva ética. Al menos, muchos ya entienden que es necesario incorporar criterios éticos en las fases de investigación y principios de transparencia algorítmica en el desarrollo e implementación de las nuevas plataformas. No obstante, la adopción de principios universales a las soluciones basadas en inteligencia artificial no asoma como una tarea sencilla.
En el mundo existen casos controversiales donde ha incidido la IA: la supervigilancia de eventuales opositores políticos, la discriminación contra minorías raciales en los sistemas de justicia y hasta sesgos de género en el diseño de las tecnologías por datos que tienden a representar a un sexo por encima de otro.
A fines de 2021, los países miembros de la Unesco, entre ellos Chile, firmaron la primera recomendación global en donde se declara que el mundo necesita reglas para que la Inteligencia Artificial beneficie a la humanidad. A nivel local, la política nacional de IA establece una ruta de avance para esta década, estipulando que el desarrollo, adopción y uso de toda tecnología debe obligatoriamente someterse a estándares éticos y normativos. Se trata de un desafío transversal donde todos actúan: autoridades, desarrolladores y usuarios. Poco a poco veremos cómo los Estados del mundo comenzarán a dictar regulaciones y políticas de supervisión adecuada de las aplicaciones de IA para garantizar que se respeten los principios éticos y las leyes en nuestros países.
Los compromisos que ponen a la ética en el centro del debate sobre la IA se deben ejercer con responsabilidad y seguimiento: no podemos olvidar que toda disrupción tecnológica debe siempre influir positivamente en la calidad de vida de las personas y debemos asegurar que las decisiones tomadas en relación con el desarrollo y la implementación de estas tecnologías sean inclusivas y representen diversos puntos de vista.
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