Es sorprendente como el empleo, entendido como el conjunto de actividades para elegir y vincular a una persona para un cargo en una empresa, ha experimentado un cambio tan significativo gracias al mejor uso de la información disponible, sea una unidad productiva privada o un cargo estatal. Desde la recomendación personal de mediados de siglo pasado, pasando por la construcción cada vez más elaborada de pruebas o exámenes de selección que trajeron como resultado el fortalecimiento de áreas de Talento Humano hasta principios de este siglo, hasta la introducción de analítica predictiva y escucha social para buscar el o la candidata más ajustada a determinado perfil, mejorando la probabilidad de encontrar el ajuste perfecto a una cultura particular o de ser exitoso en una exigente posición con desafíos casi que interplanetarios.
A su vez, los conceptos de remuneración, curva salarial, igualdad en las oportunidades, cuotas por diversidad (género, región de procedencia, identidad sexual, raza) han sazonado este ya de por sí complejo reto hasta convertirlo en una verdadera especialidad en donde lo que no cambiará es el desempeño como predictor de éxito de una persona en su trabajo.
Resulta innecesario insistir en la razón que sustenta la complejidad creciente de esta actividad: colaboradores cada vez más idóneos en una relación simbiótica en donde la empresa gana con el intelecto o la capacidad física del trabajador y el trabajador gana por la construcción de prestigio que le permite mejorar su condición de vida y la de su entorno. Es sin duda una actividad que impacta el ecosistema de una economía hasta sus raíces, y por la misma razón, la fuente de divergencia ideológica por tantos siglos sobre su enfoque, su relevancia y la justicia frente a su manejo (al fin y al cabo estamos hablando de seres humanos).
Siendo entonces un elemento capital del desarrollo humano, el empleo debe ser un propósito y una actividad impulsada por los sistemas de bienestar. Las cajas de compensación han sido tradicionalmente vistas como proveedores de servicios de bienestar familiar y hasta la década pasada estuvieron concentradas en proveer condiciones de acceso en servicios más elementales, de acuerdo con la clasificación original de necesidades de Abraham Maslow (1908-1970). Algunas pocas (contadas con los dedos de una mano) incluso nos atrevimos a entrar en el mundo de la educación superior con la ilusión de aportar a ese mercado laboral desde la oferta, buscando una oportunidad en donde la formación universitaria existente fuera complementada más que competida o amenazada.
No fue sino hasta el año 2003 en donde el país estableció un sistema de empleo, tal como funciona en otros continentes desde hace décadas y abrió la puerta a las cajas como agencias de empleo y emprendimiento. Desde ese momento, un nuevo universo de posibilidades se materializó, pues somos las cajas un conector natural entre las empresas y los trabajadores, potenciales o actuales. Pasamos de un modelo de fortalecimiento de competencias laborales a entender directamente la necesidad de los empresarios para así devolvernos al principio de la cadena de valor y formar a los candidatos futuros de una empresa en técnica, pero también en competencias transversales o específicas por empresa e igualmente en criterio para trabajar como disrruptores de modelos de negocio. De esta manera hemos impulsado búsquedas de talento para empresas, programas de formación a la medida y hasta ferias de empleo y emprendimiento en donde los empresarios acuden para seleccionar sus candidatos(as) directamente.
Cambios y transiciones han ocurrido en las reglas de juego de este sistema de empleo: la flexibilidad para apoyar a los emprendedores se ha limitado, los recursos disponibles para formación o para sufragar los gastos básicos que permitan que la persona se dedique de tiempo completo se han restringido…pero otros campos han ido tomando forma. Compensar se convirtió en la primera agencia transnacional de empleo en ser certificada para identificar, formar y trasladar colombianos a otros países con un empleo garantizado, abriendo posibilidades de mejores condiciones de vida para talentos nacionales que optan por desempeñarse en el exterior. Desde la formación en un segundo idioma, pasando por la inducción en otras culturas o climas e incluso trabajando de la mano con oficinas de migración para que este empleo cuente con todas las garantías y requisitos exigidos por los gobiernos forman hoy parte del quehacer de la agencia de empleo. Ya han salido del país, de la mano de Compensar, una veintena de trabajadores, cada uno con una ilusión de progreso para sí mismo y para su familia.
En este estado del arte, podemos afirmar que el sistema de compensación familiar ha trabajado responsablemente en producir impacto en la calidad del empleo, en la mejor conexión entre talentos y oportunidades de trabajo, y en la confianza que esta tarea necesita para que sea sostenible y reduzca los esfuerzos por conseguir personas listas para afrontar su vida laboral de una manera profesional. Gracias a la apuesta de las empresas y a la convicción de la seriedad de las cajas, hoy el sistema participa con más del 40% del total de personas empleadas en el país, a la par de los resultados de empleo emprendidos por alcaldías y gobernaciones con sus propios esfuerzos y con igualmente destacados resultados. Y más está por venir en este sistema que por su juventud seguirá evolucionando a pasos apurados. Las cajas de compensación estaremos ahí para acompañarlo y hacerlo grande.










