La evolución y el desarrollo del mundo a una velocidad cada vez mayor, que se puede llamar “rapidación” -intensificación de los ritmos de vida y de producción-, la influencia de los medios de comunicación, las nuevas tecnologías de la información, la viralización de posturas, modos y estilos de vivir, la naturalización de fenómenos sociales que atentan tantas veces contra la dignidad de los seres humanos y el cuidado de la naturaleza, son algunas de las nuevas llamadas y urgencias que inciden en la respuesta que las instituciones de educación superior plantean a la realidad desde su oferta de educación continuada.
Acercarse en este contexto a la educación continuada, nos sitúa en el horizonte de comprensión de la formación como proceso vital cuyo horizonte de actuación socio-cultural exige de ella pertinencia, actualización y continuidad, en el sentido de un continuo humano que habla de perfectibilidad y de formación para toda la vida, concepto que da cuenta no solo de la naturaleza propia de la formación humana, sino también de un cambio en el valor que tiene el título universitario, tal vez no suficiente a la hora de certificar competencias para el campo laboral, y que por lo tanto nos devuelve a la conciencia de nuestro ser aprendices permanentes.
En este orden de ideas, la formación continuada se convierte en una estrategia que valida la flexibilización de las rutas de aprendizaje y formación, y se articula con la Cuarta Revolución Industrial que demanda de las universidades la formación de personas con perfiles y habilidades actuales y alineadas con las necesidades de un contexto cambiante según los avances tecnológicos, por ejemplo. Por eso, formarse, actualizarse, desarrollar competencias a un menor costo y en menor tiempo, son posibilidades que muchos profesionales ponen en marcha con el fin de encontrar un empleo y ser vigentes en una sociedad donde el índice de desempleo aumenta y donde los cambios vertiginosos exigen una continua puesta a tono con las necesidades de las empresas de sectores como: el productivo, el de servicios, el educativo, y el campo de la innovación y el emprendimiento.
Las universidades, en este sentido, son conscientes que más allá de encargarse de la formación de profesionales, buscan formar ciudadanos que contribuyan con la solución de problemas locales y globales, y que promuevan la transformación de los contextos y las sociedades. El IV Encuentro de Rectores de Universia, en Salamanca en el 2018 afirmó: “una universidad cuya misión es la empleabilidad, si bien es rentable, no está enfocada a la esencia de la universidad”. Por eso la Formación Continuada se convierte en una posibilidad concreta para hablar de la universidad de la vida o para la vida, iniciativa que ya está en marcha en universidades como la de Barcelona, cuyo programa “Universidad de la Experiencia”, ofrece formación a personas mayores de 55 años para ser respuesta para una sociedad donde la esperanza de vida es cada vez mayor y donde la capacidad de aprender, desaprender y reaprender será vital para el futuro de las nuevas generaciones.
” La formación continuada se convierte en una estrategia que, valida la flexibilización de las rutas de aprendizaje y formación, y se articula con la Cuarta Revolución Industrial que demanda de las universidades la formación de personas con perfiles y habilidades actuales y alineadas con las necesidades de un contexto cambiante según los avances tecnológicos.”
Por lo tanto, asumir que los procesos educativos están cambiando es fundamental para las universidades, como espacios vitales de formación humana y profesional, con la capacidad de leer, comprender, interpretar e intervenir cada época a través de una organización del conocimiento cada vez más flexible, interdisciplinar e inclusivo, que valora el dentro y fuera del aula y evidencia crecimiento en los niveles de desarrollo de competencias, habilidades blandas, capacidades y conocimientos que se adquieren a lo largo de toda la vida, porque las personas continúan aprendiendo dentro y fuera del sistema educativo, aprovechando sus experiencias personales y profesionales, formal o informalmente.
Este es el reto de las universidades, hacer de la educación continuada una posibilidad concreta para asumir el reto de una educación que responda a los cambios y necesidades del mundo a través de programas y cursos alternativos que contribuyan a la construcción de una cultura del aprendizaje a lo largo de toda la vida, que dé cuenta de la apuesta por las personas, por el acceso a la educación, en este caso superior, de la formación como proceso vital integral e integrador que transforma las personas y los contextos como expresión de responsabilidad social y compromiso con el destino común de la humanidad.
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