La muerte es lo único seguro que pasará en nuestras vidas, hoy estamos de pie, mañana no sabemos. Nuestro cuerpo tiene un final, pero no sabemos ni el día, ni la hora y sobre todo en qué circunstancias morirá.
En estos últimos cuatro años, Dios me ha dado la oportunidad de prestar un servicio a muchas familias en los procesos del duelo, acompañándolos como guía espiritual y coach de vida, ante la pérdida de un ser querido.
Enfrentar la muerte de alguien que amas, no es fácil, hay tristeza, hay dolor, pero se pueden presentar otras reacciones, de acuerdo a la relación que haya tenido con esa persona.
Quiero compartirles una historia, de las muchas que he vivido en estos años, de reacciones acordes a la relación que tenía el doliente con ese ser querido que falleció.
Una joven de 15 años, hija única, tuvo que enfrentar la muerte de su padre, obviamente había mucho dolor y tristeza, pero su actuar en el momento del servicio religioso de las exequias, era de mucho desespero, se paraba y se sentaba muchas veces, iba y venía ante el ataúd de su padre, mucha angustia, mucha impotencia.
Pero la experiencia me ha enseñado que este tipo de reacción, viene con algo detrás, y así fue. Terminado el servicio ella pidió ayuda, quería hablar, quería desahogarse.
Muy desesperada me decía que su padre y ella eran muy buenos amigos, se la llevaban muy bien, pero un día antes paso lo que muchas veces sucede al interior de las familias, nos tratamos muy mal, nos creemos los dueños y hacemos lo que queremos con ellos. Con su papá tuvieron una discusión muy fuerte.
Él por la noche la buscó y le pidió perdón, pero ella estaba llena de odio y de rabia, “me creía la dueña del mundo” decía, “le dije que se fuera, qué cuentos de perdones, no quería saber nada de él. Pero mi dolor, mi rabia y mi angustia, es que mi papá amaneció muerto, los superamigos terminamos peleados, no fui capaz de recibir, dar y pedir un perdón, me pudo más la rabia y mi orgullo. Quisiera abrazarlo y decirle, claro que te perdono. Ayúdeme por favor a sanar este dolor, ayúdeme”.
En esos casos hay que hacer dos duelos, el de la pérdida del ser querido, el natural, y el duelo del orgullo, del no perdonar, de no haber hecho de lo que tenía que hacer a su debido tiempo, muchas veces ese dolor, esa rabia, esa impotencia, está por encima de la partida de su ser querido. Los remordimientos entran en acción, y esos hay que sanarlos.
Por encima de creencias religiosas, culturales o de cualquier índole, lo que debe primar en un proceso de duelo, es el ser, su salud mental y física, que pueda enfrentar, vivir y entender esta etapa de su vida y continuar en este caminar, lleno de paz y esperanza.
En Mateo 6 34, Jesús nos dice: “No te afanes por el mañana que cada día tiene su afán, afánate por el de hoy”. Con esta palabra siempre invito a las familias, a que cada día, lo disfruten al máximo, sobre todo, que gocen el regalo más grande que Dios les dio, su familia. Muchas veces perdemos el tiempo en odios, rabias, rencores, no soltando o aceptando perdones de otros y no disfrutando la vida, y no me digan que no se puede, porque si se puede.
Dios nos dio un cerebro maravilloso, qué tal si utilizamos más para pensamientos positivos y menos negativos, eso engrandece el alma, la mente, el corazón, tu cuerpo. Es una bonita forma de aprender a enfrentar lo único inevitable, la muerte.










